Si no te lo he dicho antes te lo digo ahora: Hago pesas todas las mañanas. Nada ganso. 2kg en cada mano. Lo justo para obedecer a las batas blancas y a la fisio que dice que no tengo ni un gramo de músculo. Y es verdad. Y luego todo son lesiones. Y dolores. Y tirones. No me lleva mucho tiempo. Entre la fruta del despertar y el desayuno de "campeona, porque tú lo vales". Llevo tiempo. Y lo tengo tan integrado a mi rutina mañanera que no perdono ni un día. No se nota. Lo sé. Pero no importa. La constancia hará su labor. O eso espero.
El caso es que mientras yo escribo estas líneas, después de las pesas a ritmo de músicas que ni te imaginas, en el edificio de enfrente, un piso por encima, ahí donde vivían mis amigas de ventana durante el confinamiento, una chica se pesa cada día. Enciende la luz, coge la báscula (la tiene sobre el armario) la posa, se pesa, y vuelve a dejarla en su lugar. No está gorda, creo, ni flaca, pero se pesa cada día. Y después se rasca la cabeza. ¿Le gustará lo que ve? ¿Le preocupará? Me siento como en la ventana indiscreta. Tengo que dejar de mirar por la ventana mientras escribo en este blog.
Un beso a la chica de la báscula sea cual sea su talla. mjo
